miércoles, 25 de junio de 2014

Segregación, esa palabra falaz por Gonzalo Rojas Sánchez.






Segregación, esa palabra falaz
por Gonzalo Rojas Sánchez.


Quienes han instalado la noción de segregación en el sistema educacional chileno han logrado una victoria semántica importante. No faltan los Parlamentarios ni los especialistas partidarios de una sociedad libre que se lamentan angustiados -"segregación, segregación"-, como si fuera un mantra liberador.


Pero haber colocado el concepto como marco principal de referencia será uno de esos logros que terminarán conduciendo a los más lamentables fracasos, porque inspirará decisiones muy importantes sobre supuestos falsos.


¿Cuáles son esas falacias?


Estas dos: Todos los que pagan lo mismo por la educación de sus hijos son iguales; todos los que pagan lo mismo por la educación de sus hijos permanecen en la misma situación. Así, sobre la base de esos grupos de iguales, cerrados y estables, se configurarían unos supuestos guetos, inaccesibles a las familias diferentes, las que serían de ese modo... segregadas y para siempre.


Ambas cosas son falsas.


Los que pagan lo mismo son muy distintos entre sí, en primer lugar porque son muy apreciables las diferencias sociales, culturales, raciales, ideológicas, etarias y en todos los etcéteras imaginables, entre las familias con pagos similares. Solo una mentalidad materialista (en esto, mayoritariamente los Gobiernistas hacen honor a sus convicciones) puede considerar que la igualdad está determinada por el monto de los ingresos familiares. Y, en segundo lugar, porque a su vez esa misma cantidad destinada al pago o copago es un porcentaje muy diverso de los ingresos de cada familia, dada la diferente valoración que hacen las personas de la importancia que adjudican a la educación. Un taxista esforzado puede estar destinando más del 10% de sus ingresos para que sus hijos estén en determinado colegio, al que otros padres -profesionales acomodados, y por las razones que sean- solo destinan el 2% de sus entradas.


Falso es también que una vez configurado el grupo de familias que pagan o copagan, en cada colegio cuaje un molde inmodificable. Si hay un gasto familiar en que la inmensa mayoría de los chilenos está dispuesto a esforzarse más y más, es justamente en educación, lo que los lleva a buscar una mejor opción, en cuanto pueden pagar más (porque la gente cambia de trabajo y los sueldos mejoran, ¿no?). Sacan a sus hijos de un determinado colegio de desiguales, para matricularlo voluntariamente en otro, de gente también desigual. Por cierto, esto es repugnante para la mentalidad socialista, porque expresa la libertad de los grupos humanos y demuestra que la movilidad es intrínseca a los buenos sistemas, a los sistemas que implican legítimos acuerdos entre partes, sin la atosigante intervención del Estado.


Desgraciadamente, no solo son falsos los supuestos, sino que también serán falaces los resultados de las políticas inspiradas en aquellos.


Será imposible generar diversidades absolutas en los colegios del futuro, en esos establecimientos supuestamente integradores, porque eso implicaría una determinación de cuotas por categorías de niños hasta el infinito. Y será imposible también detener la natural movilidad que se producirá en todo colegio, cuando haya quienes decidan marcharse a otro lugar.


Bueno, ciertamente estas dos últimas objeciones pueden subsanarse fácilmente: ya lo hicieron los Estados totalitarios, determinando las cuotas por categorías prefijadas y estableciendo la obligación de permanencia en un colegio específico.


Si hay un tema en que la energía Estatizante deviene con facilidad en totalitaria, es precisamente el educacional, porque es ahí donde el proyecto socialista puede ser derrotado.

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