Cónclave: un golpe emotivo,
por Mauricio Morales (*).
Las expectativas
generadas por
el cónclave encabezado por la Presidente Bachelet tienen más que
ver con un golpe emotivo que con un nuevo trazado de ruta.
Tal como en el camarín los jugadores se gritan y se alientan antes
de salir a la cancha, el
cónclave tuvo como objetivo unir a la Nueva Mayoría tras un
proyecto común. Por ese lado, el cónclave cumplió con su tarea
básica: solidarizar en períodos de crisis.
Esta
instancia se desarrolló en un ambiente poco alentador para el
gobierno.
Esto no sólo por el aumento de la desaprobación registrado en la
encuesta Adimark, sino que también por el incremento de la
polarización. Prácticamente
tenemos una reedición de los tercios: partidarios del Gobierno,
partidarios de la oposición e indiferentes. Por otro lado, cayeron
atributos muy importantes para un Presidente, como la credibilidad y
el respeto. Para cerrar, se produjo un deterioro significativo en el
desempeño del Gobierno en áreas sensibles como empleo y economía.
En consecuencia, se ha producido la peor combinación de todas:
Presidente impopular, Gobierno que no une sino que polariza, mala
evaluación de la gestión económica.
Todo lo anterior
hace pensar que el cónclave funcionó más como un grupo de
autoayuda que como un giro en la estrategia del Gobierno. Lo
positivo, eso sí, es que -como grupo de autoayuda- contribuyó a
fidelizar a moderados y extremistas. El
problema es que eso es pan para hoy y hambre para mañana. Las
reformas siguen siendo mal evaluadas por los ciudadanos, tanto así
que, en promedio, cerca del 20% cree que al finalizar el Gobierno
habrán mejorado las condiciones laborales de los trabajadores, la
educación, igualdad, inversión y crecimiento.
¿Qué
hacer después del cónclave?
Como he
señalado en columnas anteriores, los errores de diagnóstico
elaborados por la intelectualidad de izquierda son imperdonables.
Cuando todo el mundo hablaba de una crisis generalizada del modelo,
fuimos pocos los que sostuvimos una hipótesis alternativa, afirmando
-con base empírica, por cierto- que el país venía creciendo a
niveles razonables y que los chilenos demandaban mayor igualdad y fin
a los abusos. En ningún caso esto podía interpretarse desde una
óptica refundacional. La izquierda, en tanto, se inclinó por esta
alternativa, generando un programa desmesurado y expectativas casi
imposibles de satisfacer. Los
resultados están a la vista. El precio lo estamos pagando todos los
chilenos.
Reafirmo mi tesis
de que la Presidente debe seguir el sentido común. En
la crisis de 2008 su mensaje fue muy claro: guardé en período de
vacas gordas para repartir en períodos de vacas flacas.
A eso se le sumó una importante reforma previsional. Hoy, nada de
eso existe. La Presidente no tiene en qué respaldarse para
justificar sus dos primeros años de mandato. Lo que debiese hacer
-contra todo el credo intelectual- es volver a sus orígenes. En
lugar de la exaltación, debe primar la mesura; en lugar de la
polarización, debe primar el acuerdo; en lugar de la refundación,
debe anteponerse el interés nacional. Cuando a la gente se le
pregunta por cómo mejorar el país pensando en que el Chile fuese su
casa, el 75% dice que lo ideal es repararla donde corresponda,
ampliarla o hacerla crecer. Sólo
un 25% quiere derribarla y partir desde cero. Esto es lo que debe
entender la Presidente.
(*)
Mauricio Morales es el Director del Observatorio Político Electoral
UDP.